jueves, 8 de enero de 2009

Teoría aplicada

Ya lo sé. Es muuy largo. Pero posta que vale la pena.

“Plomo fundido” sobre la conciencia judía

por León Rozitchner
Página 12. 4/1/2009

“Si nosotros nos revelamos incapaces de alcanzar una cohabitación y acuerdos con los árabes, entonces no habremos aprendido estrictamente nada durante nuestros dos mil años de sufrimientos y mereceremos todo lo que llegue a sucedernos.”
Albert Einstein, carta a Weismann, 1929.

¿Recuerdan cuando hace dos mil años los judíos palestinos, nuestros antepasados en Massada sitiada, enfrentaron las legiones del Imperio romano y se suicidaron en masa para no rendirse? ¿Recuerdan la rebelión popular y nacional de nuestros macabeos contra la invasión romana, cuando murieron decenas de miles de judíos y se acabó la resistencia judía en Palestina y nos dispersamos otra vez por el mundo? ¿No piensan que esa misma dignidad extrema que nuestros antepasados tuvieron, de la que quizá ya no seamos dignos, es la que lleva a la resistencia de los palestinos que ocupan en el presente el lugar que antes, hace casi dos mil años, ocupamos nosotros como judíos? ¿No se inscribe en cambio esta masacre cometida por el Estado de Israel en la estela de la “solución final” occidental y cristiana de la cuestión judía? ¿Han perdido la memoria los judíos israelíes? No: sucede que se han convertido en neoliberales y se han cristianizado como sus perseguidores europeos, que, luego de exterminarlos, empujaron a los que quedaron vivos para que se fueran a vivir a Palestina con el terror del exterminio a cuestas.

El meollo de la actual tragedia está en la Shoá. Si la memoria de su pasado define el sentido histórico que marcó el “destino” del pueblo judío, donde se van hilando las cuentas de nuestro derrotero, y si el acto final en el que culmina ese destino convoca a los judíos israelíes a aniquilar la resistencia de otros pueblos inocentes, algo del sentido histórico ha desaparecido de la memoria de los israelíes. ¿Puede ser invocada la Shoá sin ser infieles a los desaparecidos, cuando al mismo tiempo el sentido completo de ese acontecimiento monstruoso ha quedado oscurecido? ¿Cómo podríamos “hacer memoria” si la construimos con los únicos recuerdos de nuestro pasado que los culpables europeos del genocidio nos autorizan? Es cierto: si los israelíes recuerdan todo, pierden a sus aliados. Porque la memoria de la Shoá que llevó al retorno a una tierra perdida hace mucho tiempo tendría que volver a ser pensada.

Lo primero a recordar: nuestros perseguidores históricos no fueron ni son los palestinos. Nuestros perseguidores estaban y siguen estando en las naciones de cultura europea que nos expulsaron y masacraron, y sin embargo son ellos los que siguen marcando el destino de todos nosotros, sobre todo de los judíos israelíes. ¿Será por eso que se busca olvidar a los verdaderos culpables de la Shoá? Los israelíes ya no se preguntan por el pasado bimilenario judío. Nunca los judíos, salvo excepciones, acusan del exterminio judío a la religión cristiana y a la economía capitalista que produjeron necesariamente la Shoá, como la conclusión de un silogismo que se venía desarrollando en Europa cristiana desde su mismo origen, como si el nazismo hubiera sido sólo un accidente sin antecedente en la historia europea y todo comenzara con Hitler. ¿No será que luego de la Shoá ustedes, los descendientes de los judíos europeos asimilados, se aliaron luego con los exterminadores en un pacto oscuro que el terror dictaba, y volvieron ahora todos, de cierta manera, a ser judeo–cristianos? Porque seamos honestos: el Tercer Reich se ha prolongado en el 4º Reich del Imperio norteamericano. Es claro: prefieren no saberlo porque el Estado de Israel está –nosotros los judíos latinoamericanos sí lo sabemos– al servicio del poder cristiano–imperial de los EE.UU. ¿O van a creerse que los EE.UU. y Europa combatieron al nazismo para salvar a los judíos? ¿Por qué ahora habrían de seguir persiguiéndolos si mantienen lo que tienen de judíos congelado sólo en lo arcaico religioso? Pero ¿no les dice nada pasar a ocupar ahora el lugar impiadoso, como brazo armado de los poderosos capitalistas cristianos, contra una población civil asediada y asesinada por osar defenderse contra la expropiación ilimitada de un territorio que debía ser compartido?

Recordemos. Karl Schmitt, filósofo católico del nazismo, había puesto de relieve lo que la hipocresía democrática ocultaba: la categorías políticas son todas ellas categorías teológicas. Es decir: la política occidental (democrática y capitalista) tiene su fundamento en la teología cristiana. Es notable: Schmitt coincide con lo que Marx joven decía en Sobre la cuestión judía: el fundamento cristiano del Estado germano se prolonga como premisa también en el Estado democrático.

Y si la política occidental al desnudarse muestra su fundamento teológico oculto, sin el cual no hubiera habido capitalismo, entonces toda política de Estado capitalista era antijudía, porque ése era el escollo que el cristianismo había encontrado para consolidarse como religión universal. No contra los judíos cristianizados que, como ustedes en Israel, apoyan esa política, es cierto. Ustedes tienen de cristianos, sin saberlo, lo que ocultan en su propia memoria al ocultar que la Shoá como “solución final” fue un exterminio teológico (cristiano) político europeo. Schmitt la tenía clara. Lo que el sutil filósofo alemán católico necesitaba activar, en momentos de peligro extremo para el cristianismo y el capitalismo frente a la amenaza de la Revolución Rusa y las rebeliones socialistas, era el fundamento cristiano escondido en la política: el odio visceral y alucinado religioso antijudío para que en Europa reverdeciera con toda intensidad el fundamento grabado durante siglos en el imaginario popular cristiano. Y con ese vigor arcaico reverdecido pudieran enfrentar la amenaza revolucionaria del judeo–marxismo.

Por eso, frente a la apariencia liberal de la política democrática como una relación “amigo-amigo”, el fundamento de la política nazi extremaba las categorías de “amigo–enemigo” que Schmitt vuelve a poner de relieve en el “estado de excepción” como la verdad oculta de la democracia: el único enemigo histórico cuando entra en crisis el fundamento social europeo son nuevamente los judíos. En 1933, frente a la amenaza del socialismo tildado quizá con cierta razón de judío, resurgía para muchos europeos todo su pasado y encontraban en los judíos el fundamento más profundo de lo más temido para su concepción cristiana: las premisas judías de un materialismo consagrado, no meramente físico cartesiano como la economía capitalista requería. Por eso Schmitt vuelve a desnudar las categorías fundantes adormecidas que la teología católica mantenía vivas: volvía al fundamento religioso de la política cristiana del Estado democrático para enfrentar el peligro del “comunismo ateo y judío”.

Sucede que en ese momento los judíos laicos formaban parte de la creatividad moderna que en Europa alimentó el pensamiento político y científico: eran rebeldes todavía, no como tantos de ahora, y por eso Marx de joven pensaba que los judíos, una vez superada su etapa religiosa y se hicieran laicos prolongando la esencia judía más allá de lo religioso, podrían pasar a formar parte activa de la liberación humana.

Y cuando al fin los europeos creían haber logrado en el siglo XIX la universalización del cristiano–capitalismo que se expandía colonizando a sangre y fuego el mundo, aparece otra vez el materialismo judaico como premisa del socialismo, que no es físicamente metafísico sino que parte de la Naturaleza como fundamento de la vida del espíritu humano. Tiemblan entonces en Europa los fundamentos cristianos de la política y de la economía: un nuevo fantasma la recorre y se manifiesta en una teoría judía revolucionaria. De lo cual resulta que en momentos de crisis Hitler sólo representó, en términos estrictamente religiosos, culturales y políticos, el temor de toda la cultura occidental ante los comunistas y los judíos como los máximos enemigos de ambos, ahora renovados: del capitalismo y del cristianismo. El racismo de los nazis –esa “teozoología política”– no es más que el espiritualismo cristiano secularizado que el Estado nazi consagró laicamente en las pulsiones de los cuerpos arios.

Una vez aniquilados los millones de judíos –como luego fueron arrasando y aniquilando con la misma consigna a millones de soviéticos “judeo-comunistas”– el impacto aterrorizante de la “solución final” hizo que los judíos casi nunca, salvo muy pocos, se atrevieran a señalar a los verdaderos culpables del genocidio (como pasó entre nosotros con los genocidas). Con la derrota de los nazis como únicos culpables –según cuenta la historia de los vencedores– desapareció en Europa la historia de los pogromos y las persecuciones cristianas medievales y modernas que nos aterraron durante siglos: la de los franceses tanto como la de los italianos, los españoles, los polacos y los rusos mismos. Sólo los nazis alemanes fueron antijudíos.

Los judíos cristianizados por el terror del cristiano-capitalismo en Europa luego de la Shoá buscaron su “hogar” fuera de Europa: se instalaron en Palestina, como si el reloj de la historia, ahora teológica, se hubiera detenido hacía dos mil años. No se dieron cuenta de que la mayoría de los judíos que volvían a Israel no eran como nuestros antepasados que se habían ido: los descendientes de los defensores de Massada o de los macabeos. Buber, Gershon Scholem y tantos otros sí lo recordaban. Nadie quería que nos volviera a pasar otra vez lo mismo, es cierto; pero en vez de enfrentar y denunciar a los verdaderos culpables del genocidio –que ahora nos apoyaban para que nos fuéramos para siempre de Europa y termináramos nosotros mismos la etapa final democrática de la “solución final” judía que ellos comenzaron– los israelíes terminaron sometiendo a los palestinos como los romanos, los europeos y los nazis lo hicieron antes con nosotros. Pero primero tuvieron que vencer la resistencia de nuestros pioneros socialistas.
Los israelíes, apoyados ahora por el Imperio cristiano–capitalista que los había perseguido, crearon también en Israel un Estado teológico, pero la “parte” secularizada dentro de ese Estado judío siguió siendo la del Estado cristiano. Volvieron como judíos para culminar en Israel la cristianización comenzada en Europa: mitad judíos eternos en lo religioso, mitad cristianos secularizados en lo político y en lo económico. Por eso ahora en Israel el Estado mantiene la economía neoliberal capitalista y cristiana sostenida por los religiosos judíos sedentarios, detenidos en el tiempo arcaico de su rumiar imaginario. Y por el otro lado los iraelíes son neoliberales en la política y en la economía y en la ciencia “neutral”, cuyas premisas iluministas son cristianas. Mitad judíos en el sentimiento, mitad cristianos en el pensamiento.

Y por eso quieren que todos, también aquí y ahora, seamos como ellos: judeo-cristianos como el rabino Bermann, avalado por el cardenal Bergoglio, o judíos–laicos como Aguinis, neoliberal letrado avalado por el obispo Laguna. O como los directivos de la AMIA, que tienen la potestad de determinar si soy o no judío. Si soy judío “progresista” y no me secularicé como cristiano, entonces no soy judío, no podré aspirar a ser enterrado en un cementerio comunitario porque me faltaría la parte cristiana de mi ser judío. Pero judíos–judíos, esos que prolongan en lo que hacen o piensan los valores culturales judíos, quedan al parecer muy pocos, aunque sean muchos los que leen hebreo o reciten kaddish en la tumba de sus padres. Todos están aureolados con la coronita del cristiano-capitalismo que al fin los ha vencido por el terror cristiano luego de dos mil años de resistencia empecinada: convertidos ahora al “judeo-cristianismo”.

Por eso la creación del Hogar Judío en Palestina tiene un doble sentido: la “solución final” europea tuvo éxito, logró su objetivo, el cristianismo europeo se desembarazó de los judíos y muchos de los que se salvaron se fueron de Europa casi agradecidos, sin querer recordar por qué se iban y quiénes los habían exterminado. La Europa cristiana y democrática se había sacado el milenario peso judío de encima. Pero mis padres, que llegaron a las colonias judías de Entre Ríos, sí lo sabían.

Todos los judíos estamos pagando esta inmerecida transacción, ese “olvido” del Estado de Israel, al que seguramente se habrían negado los defensores del Ghetto de Varsovia, que murieron, ellos sí, sabiendo quiénes eran los responsables políticos, económicos y religiosos –estaban a la vista–- como los millones de judíos europeos que murieron en los campos de exterminio. Los judíos que vinieron luego, esos que estamos viendo, no quisieron ni pensar a fondo en los culpables: se unieron a los poderosos y saludaron alborozados que el socialismo stalinista antisemita se derrumbara arrastrando al olvido al mismo tiempo, como si fuera lo mismo, la memoria de los pioneros judíos revolucionarios asesinados por Stalin. Por eso sus sueños mesiánicos dependen ahora únicamente de los cristianos y del capitalismo para poder realizarse. Sólo tenían que hacer una cosa: permutar al enemigo verdadero por un enemigo falso.

Estamos pagando muy cara esta conversión judía. Los israelíes, ya vencidos en lo más entrañable que tenían de judíos históricos, se han transformado en la punta de lanza del capitalismo cristiano que los armó hasta los dientes para enfrentar el mayor y nuevo peligro que tiene el cristianismo: los mil millones de musulmanes que pueblan el mundo. Pero ni los musulmanes ni los palestinos fueron los culpables de la Shoá: los culpables del genocidio son ahora sus amigos, que los mandan al frente.

Y aquí cierra la ecuación política amigo-enemigo de Karl Schmitt. Antes, hasta la Segunda Guerra Mundial, el fundamento teológico de la política era “amigo/cristiano–enemigo/judío”. Ahora que los judíos vencidos se cristianizaron como Estado teológico neoliberal la ecuación es otra: “amigo/judeocristiano–enemigo/musulmán”. ¿Este es el lamentable destino que Jehová nos reservaba a los judíos? Porque de lo que hacen ustedes en Israel depende también el destino de todos nosotros.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Autocrítica II

Intelectuales, II versión

por Pablo Alabarces
Crítica. 13/10/2008

En los últimos días estuve acumulando materiales para una nueva nota sobre el rol de los y las intelectuales en la Argentina. Más que su rol, sobre su valoración; y mejor aún, sobre los mitos e imágenes que se han construido en torno de ellos y ellas. Me habían llamado la atención dos cosas, minúsculas pero significativas: una de ellas en este mismo diario, hace pocos días, cuando ante el anuncio de un posible paro del Sindicato Argentino de Televisión el anónimo cronista aseguraba que se cumpliría “una fantasía recurrente de los intelectuales: quitar la televisión de la vida cotidiana”. La otra aparecía en un portal de Luis Majul, “Hipercrítico”, en una columna firmada por Adriana Amado Suárez dedicada a criticar una de las contratapas que dediqué a Tinelli. Adriana, intelectual ella misma (tiene un doctorado, es profesora universitaria, trabaja de esto), no podía leer la ironía de mi nota y se mandaba con un enojado “estos programas –por TVR– son los únicos que suelen permitirse ver algunos intelectuales y aquellos que militan en el partido ‘No vemos nunca televisión’”.

Es claro que hay aquí una enorme fantasía sobre los intelectuales, deudora de un populismo desbordado. Y en tanto fantasía, abreva en los lugares comunes tradicionales: les falta afirmar que, además de no ver televisión, a los intelectuales no les gusta bailar y que no practican deportes y que no tienen hijos y que sus fríos corazones no tienen lugar para las pasiones humanas. Tengo guardadas un par de notas de Jorge Rial, una de los 90 en Noticias, otra equivalente en los 2000 en Veintitrés, donde afirma más o menos lo mismo: de un lado está “la gente” con sus gustos y su amor por Tinelli y Susana, y del otro los intelectuales en sus penthouses -les juro que dice eso-. Nuestro cronista y nuestra académica de cabecera, aunque esté lejos de sus intenciones coincidir con el epistemólogo de Intrusos, no pueden separarse de ese lugar común, fácil y a la vez bastante simplón, como todos los lugares comunes. Sintiéndome un poco aludido, no puedo menos que reírme: si yo quisiera desterrar la televisión de la vida cotidiana, no podría ver ni House ni Capusotto ni la Copa Davis ni Chacarita-Fénix ni el porno light de The Film Zone ni Medium, ni tantas otras cosas. De la misma manera, veo TVR cada tanto por razones exactamente opuestas a las que supone nuestra crítica atolondrada: porque es un ejemplo de lo que la televisión argentina finge ser para engañar a la gilada hacerse la inteligente para perseverar en la idiotez, hablando siempre de sí misma como último horizonte de lo posible.

El problema, de todas maneras, no son Adriana ni el cronista anónimo: lo que me preocupa es la recurrencia de estas imágenes sobre los intelectuales, decididamente alentadas por el populismo dominante. Decir esto no significa echarle la culpa –también de esto– al kirchnerismo, sino al plebeyismo que se ha vuelto modo fundamental de la organización de la cultura argentina: los K son populistas, Macri y Carrió también lo son. Todos ellos afirman la primacía de “los sentimientos de la gente” por sobre los argumentos y las teorías. Otra versión derivada de la anterior supone que los intelectuales no trabajan, sino que alguien (seguramente, alguna fuerza destinada a convertirlos en mercenarios) los compra para que piensen a sueldo. Y por detrás de todos planea el fantasma de Jauretche, un polemista genial pero cuya obra ha hecho ya suficiente daño, alegando que los intelectuales son cipayos alejados del pueblo y condenados a no comprenderlo.

Todo esto viene a cuento porque se nos acaba de morir Nicolás Casullo, un gran tipo al que sus alumnos insisten en recordar con amor y admiración en todas las intervenciones posteadas en los comentarios de lectores de los diarios. En los últimos años se fueron demasiados: entre los más cercanos, Oscar Landi, Jorge Rivera, Eduardo Archetti, Juan Carlos Portantiero, Oscar Terán, José Sazbón. Es muy probable que sus lectores –es decir, los lectores de parte del pensamiento argentino más relevante de los últimos años en la historia, la sociología, la antropología, la filosofía, la cultura– sean ridículamente pocos. La sociedad argentina, en su mayoría, no cree que los intelectuales sean los sabios de la tribu. Cree que son seres prescindibles y que, para colmo, no ven televisión ni juegan al fútbol. Y que cuando intervienen políticamente –Casullo lo hizo, y no sólo con Carta Abierta– son mercenarios pagados por el oro de Kirchner o de Moscú. Una sociedad que no reconoce a sus intelectuales está condenada a reemplazarlos por Palermo y Barros Schelotto, Jorge Rial y Marcelo Tinelli. Lo que nos pone, sospecho, en algunos problemas.

jueves, 25 de diciembre de 2008

Autocrítica

Intelectuales

por Pablo Alabarces
Crítica. 21/07/2008

Hace más de veinte años, en un asado de mi entonces familia política, uno de los convidados celebró un brindis por el país de democracia reciente, cosa que no lo desvelaba especialmente: diría más bien que la democracia lo tenía muy sin cuidado. El país, en cambio, “estaba condenado al éxito”, decía el tipo, mientras hilaba todos los lugares comunes del patrioterismo banal: todos los climas, un pueblo educado, la unidad étnica, el granero del mundo. Pero la causa de todos los males del país, afirmaba como corolario del brindis, eran los intelectuales. Y para colmo, puedo asegurarlo, me miraba.

Yo venía de leer a Gramsci por primera vez, era docente en el CBC de la UBA, había escrito mi primera ponencia, leía hasta por los codos, usaba convenientes anteojos de miope y fumaba cigarrillos negros que se me antojaban coherentes con el personaje. El sacudón no consistía en que la frase me demostrara mis poses –para eso estaban los amigos, claro–, sino en que no podía entender cómo alguien podía decir semejante simpleza. Era 1987: veníamos de la dictadura y del terrorismo de Estado, veníamos de la sublevación de Rico y de la –primera– traición de los radicales. Entre los culpables de tantos fracasos, los intelectuales no ocupaban ningún lugar, prominente al menos.

Una de las ventajas de los intelectuales consiste en que hacemos de la reflexión sobre nosotros mismos y de la autocrítica consiguiente casi un ejercicio cotidiano. Voy a exagerar mucho, pero podría decir que el gesto intelectual consiste en mirarse cada día en el espejo y preguntarse: “¿En qué me voy a equivocar hoy?” Por eso es que llevo todos estos años empeñado en pensar por qué don Pepe podía decir lo que dijo ese mediodía nublado y marplatense.

La respuesta es sencilla: porque había comprado una vulgata que en ese entonces comenzaba a desplegarse y volverse prometedoramente hegemónica; ese discurso de derecha que decretaba la muerte de las ideologías y erigía un presunto sentido común indiscutible –por supuesto, de derecha–, frente al cual los intelectuales éramos refutadores de leyendas y vendedores de cortinas de humo justamente, las ideologías. La realidad era transparente, según ese discurso, y la gente común –luego conocida como “la gente”– la comprendía sin dificultades, al contrario de los intelectuales, que no hacíamos más que complicar la vida haciendo interpretaciones invariablemente tomadas de los libros. Nunca el barro ni el barrio, nunca la realidad, nunca una fábrica. Nunca las “cosas sencillas de la vida”, a las que éramos impermeables, dominados por ese mundo de las ideas y las abstracciones que nos hacían aparatos hegelianos, penetrados por la dialéctica –hasta que un día los periodistas deportivos llamaron dialéctica a la retórica de Bielsa, y hasta sin eso nos dejaron–. ésa era la novedad derechista de los noventa; pero le debía mucho al peronismo, que había proclamado la calidad indiscutida del sentido común popular (“el pueblo nunca se equivoca”, no lo olvidemos), y que, Jauretche mediante, había decretado que los intelectuales sólo servían para darle la espalda al pueblo.

Los intelectuales, puedo decirlo ahora después de dos décadas de ejercicio, somos algo bastante más complicado y a la vez más útil que esos estereotipos. Venimos a ser gente que debe mirar donde pocos miran, donde hay oscuridad (donde hay luz mira cualquiera); que debe pensar y criticar y cuestionar y proponer, todo a la vez, pero desligados de intereses, de supersticiones, de pasiones desmesuradas –es decir: no podemos ser como Macri, que cree en sus empresas, ni como Carrió, que cree que es el Espíritu Santo. Eso no significa abjurar de la pasión, pero sí de su desmesura. Y a veces nos sale, y a veces no. A veces parecemos seres socialmente útiles; muchas parecemos inútiles privilegiados.

Pero tampoco somos un bloque: la crítica, la obligación de someter toda creencia al cuestionamiento, nos permite tener diferencias de toda laya y pelaje. Una de las mejores cosas que la crisis agraria nos ha traido no es el gorilismo de los ruralistas ni la obcecación kirchnerista: es la reaparición de los intelectuales como actores, como sujetos políticos que afirman sus convicciones y las exhiben públicamente y las despliegan, incluso, en las calles y en los medios. Pero sólo a condición de que esa exhibición sea apasionadamente tolerante. Cuando José Pablo Feinmann afirma que a la izquierda del kirchnerismo no hay nada, se vuelve intolerante. Y ciego: porque a la izquierda del kirchenerismo hay un lugar inmenso. Ocupado, también, por intelectuales, que estamos en todos lados, porque ésa es nuestra obligación.

Desconcierto II

Alguien me dijo que son un divino lugar común de la tristeza (el divino no fue irónico en este caso, sino de posta).
Lo admito, lo reconozco y hasta me cae un poco bien serlo!

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Pura formalidad


La Nabidad

por Martín Caparrós.
Crítica. 24-dic-2008

“Usted es terco, mire, vea. Así que usted no termina de convencerse de que si se porta bien y coge mal y va todos los domingos a una iglesia y se confiesa y cumple con sus penitencias después se va a pasar unos milenios en el tiempo compartido Paraíso con angelitos que le toquen el arpa sin cosquillas; no se convence, y sin embargo debe aceptar que en la Argentina no haya aborto legal porque los curas que sí lo creen no quieren esas cosas. O usted, impío, no imagina que, porque Cavallo violó el mandamiento que dice no robarás o su ex jefe Videla el de no matarás, vayan a pasarse los siglos de los siglos quemándose en un asado de sí mismos alimentado por diablitos; no lo imagina, y sin embargo tiene que bancarse que los curas decidan que no se pueden ver ciertas películas. O yo no quiero creer que un bebé nacido hace dos mil y pocos años de una madre virgen en un pesebre palestino caminara sobre las aguas los días que no resucitaba muertos o sacaba peces de la galera, y que después se hiciera matar para salvarnos de la condena eterna, inaugurando una lista interminable de suicidas heroicos que llega hasta los talibanes: me cuesta suponerlo y sin embargo este miércoles voy a cenar con una cantidad de parientes porque la iglesia católica apostólica ha establecido esa costumbre a partir de esas historias increíbles” –escribí hace muchos años en la revista Veintiuno, y todavía no consigo pensar demasiado distinto ni la realidad ha cambiado suficiente como para hacerme cambiar un par de comas.

Sigo pensando: que la prueba de la victoria de una idea es que condicione las vidas de los que no creen en ella. Y que si hay algo que triunfó en este mundo, mucho más que cualquier globalización o rocanrol o fútbol pasión de multitudes o mcdonald’s en flor es la iglesia católica y su mitología. La Nabidad es el monumento a ese éxito: el día en que todos se lo festejamos y le decimos biba biba.

–¡Feliz nabidad, mi querido! –¿Usted quiere decir que el recuerdo del nacimiento de un bebé palestino que quizás haya existido aunque seguro que no como lo cuentan me dé satisfacción, bonanza y regocijo? ¿O que me convenza de que toda esa gente que no soporto, mis vecinos mis compañeros de trabajo mis parientes mis clientes los hinchas de sportivo cambaceres los políticos los patrones los banqueros de últimas son buenos y tengo que quererlos? ¿O que me lance a consumir desesperadamente para tener por unos días la ilusión de que yo también soy uno de esos que hacen esas cosas? ¿O que imagine que a partir de la semana próxima todo cambiará y se abrirá un ciclo distinto en mi vida donde yo voy a ser otro y todo va a ser distinto brillante inmejorable? ¿O que crea en la importancia de la bondad universal porque si no lo llego a creer me voy a quemar para siempre en las llamas del infierno? ¿O que me haga el boludo y me calle y cante con el coro…?

Lo dicho: la Nabidad es el tributo que le rendimos cada año a la potencia increíble de una ideología que triunfó. El momento en que todos funcionamos a partir de un conjunto de relatos y pautas de conducta que inventaron unos sacerdotes a lo largo de doscientos o trescientos años hace casi dos mil –y cuyos continuadores civiles y militares supieron imponerlos con la cruz y la espada y algún fuego y la decisión inquebrantable de decidir lo que podíamos y, sobre todo, lo que no podíamos hacer con nuestras vidas.

Una cosa sería que los cristianos celebraran su fiesta, como los judíos iom kippur o los musulmanes ramadán. Otra, que todos todos todos sigamos su ritual. Aunque no pensamos en eso cada año, cuando la Nabidad. No hay nada más exitoso que una ideología que ya no parece ni siquiera serlo, sino lo normal, lo ¿natural? Es enternecedor ver cómo y cuánto lo aceptamos, cómo y cuánto lo actuamos: forma parte de nuestras vidas de un modo inseparable, y muchos se ofenderían si les preguntáramos por qué rinden culto, todavía, a un conjunto de mitos palestinos. Así que no lo haremos, y esta noche festejaremos con espuma y pan dulce la constancia de una leyenda antigua. Muy feliz nabidad, salaam aleko –y que el Señor nos coja confesados.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Desconcierto

Desorientación.
Desorden.
Caos.
Falta de palabras y acciones.
Pérdida (material, conceptual, emocional).
Perplejidad.
Inacción.
Bloqueo.
Desborde.
Desvarío.
Malestar (quinta gastroenteritis en lo que va del año?).
Incomodidad. Angustia. Tristeza. Vaivén.

No sé. No sé nada. No sé nada más. Nada de nada.

viernes, 19 de diciembre de 2008

La gata voladora


Mi gata quiere sexo (y no, no tengo trastornos de doble personalidad).

Tanto, tanto lo quiere, que no basta con refregarse con cuanta pared, cable, zapatilla o pata de la mesa que se le ponga adelante. En la constante, eterna y perseverante búsqueda del objeto de placer que calme sus pulsiones, se tiró del balcón. Siete pisos en caída libre.

Lo que una mujer puede hacer por una alegría, no tiene precio. Para todo lo demás, existe Master Card.